Perdí una media. Una sola. Y lo sé justamente por eso. Porque tengo la otra para darme cuenta.
Hubiera preferido perder las dos. De esa manera nunca hubiera notado la pérdida. No es lo mismo que perder una remera o un pantalón. Además yo no me encariño con las medias. En ciertas ocasiones creo que ella se quiso perder. Las veces que perdí alguna y después las encontré me surgió pensar: ¿cómo llegaste ahí? Se esconden muy bien las medias. No solo que se esconden sino que a veces se acurrucan.
Sé que a esta altura debería tirar la media, si ya sé que no me sirve. Pero no puedo. Algo me dice que la otra en algún momento va a aparecer. Y pasan los meses y su compañera no da señales de vida. Pasarán los años y seguirá ahí esperando. Porque las medias sí que saben de fidelidad, no se van con cualquier otra que aparezca perdida. Hay una sola igual a ellas y por ella siguen viviendo.
Y en cada contacto visual lamentaré nuestra pérdida. Porque de alguna manera nos acompañamos en el sentimiento. Guardar ese pobre conjunto de rombos es como que se muera un familiar y tener el ataúd en casa.
Pasados varios meses le di un cierre a la cuestión y concluí en que quizás esta media sea más feliz sin su “media media” que con el olor de mis pies.
Una media sin la otra es justamente eso, media.