La mayoría de las veces pasaba con todos sentados a la mesa. Algo, alguno de los dos, había hecho para provocar la reacción, el enojo, el reto de mi madre o padre y si era muy grave, de ambos.
A partir de ese momento y por los próximos cinco, diez minutos me convertía en un ángel. En el hijo ejemplar. El mejor hijo. El que toda madre querría tener. Automáticamente se borraban todos mis pecados. No ir a bañarme cuando me lo pidieron, no haber hecho la tarea, malas notas en el boletín (bueno, esto no tanto) o de la cagada que haya hecho en la última semana, quedaba repetidamente indultado.