Ya no recuerdo la cantidad de discusiones que debo haber "perdido" con mi mujer bajo el argumento de que estoy mal humor. No importa quién tenga razón, no importa siquiera cuánta razón o qué estamos discutiendo, pero en el nombre de mi mal humor estoy descalificado de toda petición.
Como en el dilema del huevo y la gallina, no sabemos si estoy de mal humor por lo que estamos discutiendo o si ya estaba de mal humor, lo que la habita a ella a contestarme mal, mandarme al carajo o la habilita a cualquier "ni idea".
Esta particular y repetitiva cuestión en mi vida me llevó a preguntarme, ¿qué es realmente el mal humor? ¡Qué término tan normal, pero anormal a la vez! Porque si bien el estar de mal humor no me quita el juicio, puede llegar a alterar o afectar considerablemente mis pensamientos, mis decisiones y mis respuestas con todas las consecuencias que todo esto arrastra.
Y ese no es el único problema, sino uno mayor para cualquier convivencia, que es quién lo detecta primero. Porque si yo fuera por la casa o el trabajo, diciendo... "estoy de mal humor", el resto de los convivientes sabe que no pueden o mejor dicho, no les conviene hablarme o molestarme. Mi mal humor tendría permiso de libre circulación y si de repente contesto mal, la culpa no es mía, sino del conviviente. Lo que cuando éramos chicos, llamábamos "pido".